miércoles, 8 de abril de 2026

Memoria

Yoko Ogawa, La policía de la memoria (Hisoyakana khesso, 1994)
Hirokazu Koreeda, After Life (Wandafuru Raifu, 1998)
Shinki Kajio y Kenji Tsuruta, Emanon. Recuerdos (Omoide Emanon, 2008)

—Y, como resulta que los recuerdos son, en esencia, la experiencia y los conocimientos, al transferirlos, puede ser que cambie tu personalidad.
S. Kajio y K. Tsuruta, Emanon. Recuerdos
La memoria, la capacidad de recordar, configura nuestra identidad. Aprovechando las posibilidades abiertas por el uso de elementos fantásticos, es la idea subrayada por las tres obras seleccionadas, que se acercan a diferentes elementos de esa experiencia: preservación, olvido, (re)construcción, consuelo, nostalgia, duelo...
—Al fin y al cabo, la novela hunde sus raíces y se abona en el terreno de lo ficticio, y crece desde la nada; el escritor ve lo que sus ojos no tienen delante y otorga existencia con palabras a aquello que no lo tiene.
Yoko Ogawa, La policía de la memoria
Uno de los temas centrales en la narrativa de Yoko Ogawa (por ejemplo, en su muy recomendable La residencia de estudiantes) es el vacío y el deterioro que la pérdida genera. Además de compartir esas inquietudes, La policía de la memoria es también un buen ejemplo de los recursos literarios que maneja para contagiar a los lectores un cierto clima emocional cercano al desasosiego: personajes sin nombre, lo irreal y lo extraño como marco que aprisiona la experiencia de personajes indefensos, capacidad para utilizar y trascender los elementos de un género concreto -en este caso, la novela distópica-.
Si uno es capaz de convencerse a sí mismo de no ver lo que realmente está sucediendo ante sus propias narices, entonces es como si no existiera, y es muy probable que pueda arreglárselas para llevar una vida tranquila y ajena al drama y la tragedia que se desplieguen a su alrededor. En ese sentido, las desapariciones que se suceden en la novela pueden tomarse como símbolo de esas cegueras y vulnerabilidades tan humanas como peligrosas
Todos los personajes de La policía de la memoria se caracterizan por sufrir la pérdida en sus propias carnes, y entre ellos incluyo aquellos que deambulan por las líneas de la novela que nuestra protagonista escribe. Unos tratan de rebelarse ante la pérdida y otros la aceptan con sumisión, pero yo no juzgo la corrección o pertinencia de sus acciones. Esa no es mi labor, sino la de mero narrador que vela por sus personajes.
Fui avanzando en la escritura sin darme a mí misma una respuesta de por qué les ocurría algo tan horrible a mis personajes. No encontrar una explicación produce una enorme desazón, y encontrarla, una relativa sensación de alivio. Sin embargo, no podemos atribuir una razón clara y bien delineada a la mayor parte de lo que acontece en nuestras vidas.
Entrevista a Yoko Ogawa (El País, 2021)
La progresividad en la desaparición del lenguaje-signo-recuerdo, más inquietante que si fuera solo la de los objetos, así como la ausencia de una explicación completa que nos permita asirnos a la tranquilidad de una lógica interna, incrementan la sensación de desamparo e incertidumbre que genera el relato. En ningún momento se esconde su carácter alegórico; si la novela escrita por la protagonista-narradora (inspirada por la vida de Anna Frank) refleja sus preocupaciones (similares, a su vez, a las de Ogawa), la estructura represiva y el intento de controlar los conceptos por parte del poder de la isla pueden recordarnos dinámicas muy cercanas, pese a que han pasado más de treinta años desde su publicación. Más allá del análisis político, La policía de la memoria es un recordatorio de nuestra fragilidad y de cómo necesitamos la experiencia de lo cotidiano para sostenernos o, al menos, generar la ilusión de que seguimos siendo las mismas personas que años antes. Quizá a un nivel inferior, podemos conectar lo que se nos cuenta con la pérdida/sustitución, esta vez real, de muchos objetos y sus prácticas asociadas, como las vías de acceso a productos culturales y dinámicas de comunicación habituales hace dos décadas. ¿Cómo han afectado a nuestra forma de relacionarnos y ver el mundo?

—Digamos que elijo un recuerdo, de cuando tenía ocho o diez años. ¿Solo recordaré cómo me sentía en ese entonces? ¿Podré olvidar todo lo demás? ¿De verdad? ¿Puedes olvidar? Bueno, en ese caso eso sí que es el cielo.
Hirokazu Koreeda, After Life
Dos años antes de rodar After Life, Koreeda había filmado el documental Without Memory, la historia de un hombre que pierde la memoria a corto plazo por un error médico. Atrapado por el tema, realizó más de quinientas entrevistas en las que preguntaba sobre el recuerdo que mantendrían en un hipotético más allá. De ese proyecto documental se mantienen aspectos formales para construir una ficción que, como la novela ya comentada, incluye una reflexión sobre la naturaleza de un arte, el mismo en el que se nos presenta la historia: aquí el cine, allí la narrativa de ficción. Recordar (para uno mismo o para un grupo reducido) es narrar de nuevo, (re)crear, recuperar el componente afectivo asociado a una experiencia previa; la creación artística es una vía de plasmar o generar (para un público más amplio) esos recuerdos, de compartir o generar emociones.
(...) para mí el recuerdo no es una cosa estática, no es un sustantivo, sino que es un verbo, es el acto de recordar. Con el acto de recordar lo que sucede es que según va pasando el tiempo, recordamos las cosas de una manera diferente, por lo que no me parece una cosa estática y es normal que ese recuerdo que tenemos dentro, cambie también en relación a nosotros.
Entrevista a Hirokazu Koreeda en CineAsia
Como en el resto de sus películas, que a lo largo de estos años hemos revisado en la tertulia, el director japonés explora la naturaleza humana. Los recuerdos elegidos son significativos porque sirven como autorretratos: al compartir con los personajes esa indagación en lo más íntimo, conocemos sus anhelos y valores. 

—Pero el ser humano no necesita tener recuerdos más allá de cierto nivel, ¿no? Sin duda hay un montón de cosas que nos gustaría olvidar.
S. Kajio y K. Tsuruta, Emanon. Recuerdos
El experimento de llevar a un extremo imposible la capacidad para recordar hace que reconozcamos, como en las obras anteriores, la influencia determinante de la memoria -y, sobre todo, las emociones asociadas- en quienes somos, cómo nos comportamos, las decisiones que tomamos e incluso la forma de percibir la realidad.
Con un ritmo similar al de la novela y la película ya reseñadas, la progresión narrativa de Emanon. Recuerdos se construye al paso de la dinámica natural entre los dos protagonistas, sin necesidad de recurrir a golpes de efecto pero manteniendo el interés gracias a las revelaciones nacidas del diálogo. El dibujo refuerza ese aire íntimo y cotidiano, basado en la expresividad de los ojos, rostros y cuerpos. Quizá, como único reproche, se puede señalar que el tono general se rompe cuando aparecen los intentos de explicar en detalle las causas y consecuencias del don que afecta a la joven sin nombre. Resulta más efectivo dejar espacio a que cada lector complete por sí mismo la historia.

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