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miércoles, 8 de abril de 2026

Memoria

Yoko Ogawa, La policía de la memoria (Hisoyakana khesso, 1994)
Hirokazu Koreeda, After Life (Wandafuru Raifu, 1998)
Shinki Kajio y Kenji Tsuruta, Emanon. Recuerdos (Omoide Emanon, 2008)

—Y, como resulta que los recuerdos son, en esencia, la experiencia y los conocimientos, al transferirlos, puede ser que cambie tu personalidad.
S. Kajio y K. Tsuruta, Emanon. Recuerdos
—Por muy vivo que sea un recuerdo, nunca va a tener una existencia física y objetiva, jamás va a materializarse a la vista de nadie; habitará siempre en el ámbito de la subjetividad. De ese modo, al igual que llegó, el recuerdo irá difuminándose hasta apagarse. Jamás poseeremos por completo nuestra memoria, nunca seremos dueños de ella. La memoria siempre será capaz de liberarse de nuestro férreo puño, que intenta agarrarla y retenerla. Tampoco nos ofrecerá una prueba o evidencia de en qué consiste exactamente, qué guarda o qué forma tiene. Bien pensado, quizás tengan razón; tal vez no tenga sentido tratar de recuperar a la fuerza recuerdos evaporados tiempo atrás.

El señor R. meditó la respuesta durante unos instantes.
—Supongo que tienes razón —dijo—. La memoria asusta porque es invisible, inaprensible —prosiguió—. Precisamente, quien sufre la pérdida de memoria no se da cuenta de la importancia que tiene o tenía aquello que es incapaz de recordar, caído ya al pozo del olvido.
Yoko Ogawa, La policía de la memoria 
La memoria, la capacidad de recordar, configura nuestra identidad. Aprovechando las posibilidades abiertas por el uso de elementos fantásticos, es la idea subrayada por las tres obras seleccionadas, que se acercan a diferentes elementos de esa experiencia: preservación, olvido, (re)construcción, consuelo, nostalgia, duelo...
—Al fin y al cabo, la novela hunde sus raíces y se abona en el terreno de lo ficticio, y crece desde la nada; el escritor ve lo que sus ojos no tienen delante y otorga existencia con palabras a aquello que no lo tiene.
Yoko Ogawa, La policía de la memoria
Uno de los temas centrales en la narrativa de Yoko Ogawa (por ejemplo, en su muy recomendable La residencia de estudiantes) es el vacío y el deterioro que la pérdida genera. Además de compartir esas inquietudes, La policía de la memoria es también un buen ejemplo de los recursos literarios que maneja para contagiar a los lectores un cierto clima emocional cercano al desasosiego: personajes sin nombre, lo irreal y lo extraño como marco que aprisiona la experiencia de personajes indefensos, capacidad para utilizar y trascender los elementos de un género concreto -en este caso, la novela distópica-.
Si uno es capaz de convencerse a sí mismo de no ver lo que realmente está sucediendo ante sus propias narices, entonces es como si no existiera, y es muy probable que pueda arreglárselas para llevar una vida tranquila y ajena al drama y la tragedia que se desplieguen a su alrededor. En ese sentido, las desapariciones que se suceden en la novela pueden tomarse como símbolo de esas cegueras y vulnerabilidades tan humanas como peligrosas
Todos los personajes de La policía de la memoria se caracterizan por sufrir la pérdida en sus propias carnes, y entre ellos incluyo aquellos que deambulan por las líneas de la novela que nuestra protagonista escribe. Unos tratan de rebelarse ante la pérdida y otros la aceptan con sumisión, pero yo no juzgo la corrección o pertinencia de sus acciones. Esa no es mi labor, sino la de mero narrador que vela por sus personajes.
Fui avanzando en la escritura sin darme a mí misma una respuesta de por qué les ocurría algo tan horrible a mis personajes. No encontrar una explicación produce una enorme desazón, y encontrarla, una relativa sensación de alivio. Sin embargo, no podemos atribuir una razón clara y bien delineada a la mayor parte de lo que acontece en nuestras vidas.
Entrevista a Yoko Ogawa (El País, 2021)
La progresividad en la desaparición del lenguaje-signo-recuerdo, más inquietante que si fuera solo la de los objetos, así como la ausencia de una explicación completa que nos permita asirnos a la tranquilidad de una lógica interna, incrementan la sensación de desamparo e incertidumbre que genera el relato. En ningún momento se esconde su carácter alegórico; si la novela escrita por la protagonista-narradora (inspirada por la vida de Anna Frank) refleja sus preocupaciones (similares, a su vez, a las de Ogawa), la estructura represiva y el intento de controlar los conceptos por parte del poder de la isla pueden recordarnos dinámicas muy cercanas, pese a que han pasado más de treinta años desde su publicación. Más allá del análisis político, La policía de la memoria es un recordatorio de nuestra fragilidad y de cómo necesitamos la experiencia de lo cotidiano para sostenernos o, al menos, generar la ilusión de que seguimos siendo las mismas personas que años antes. Quizá a un nivel inferior, podemos conectar lo que se nos cuenta con la pérdida/sustitución, esta vez real, de muchos objetos y sus prácticas asociadas, como las vías de acceso a productos culturales y dinámicas de comunicación habituales hace dos décadas. ¿Cómo han afectado a nuestra forma de relacionarnos y ver el mundo?

—Digamos que elijo un recuerdo, de cuando tenía ocho o diez años. ¿Solo recordaré cómo me sentía en ese entonces? ¿Podré olvidar todo lo demás? ¿De verdad? ¿Puedes olvidar? Bueno, en ese caso eso sí que es el cielo.
Hirokazu Koreeda, After Life
Dos años antes de rodar After Life, Koreeda había filmado el documental Without Memory, la historia de un hombre que pierde la memoria a corto plazo por un error médico. Atrapado por el tema, realizó más de quinientas entrevistas en las que preguntaba sobre el recuerdo que mantendrían en un hipotético más allá. De ese proyecto documental se mantienen aspectos formales para construir una ficción que, como la novela ya comentada, incluye una reflexión sobre la naturaleza de un arte, el mismo en el que se nos presenta la historia: aquí el cine, allí la narrativa de ficción. Recordar (para uno mismo o para un grupo reducido) es narrar de nuevo, (re)crear, recuperar el componente afectivo asociado a una experiencia previa; la creación artística es una vía de plasmar o generar (para un público más amplio) esos recuerdos, de compartir o generar emociones.
(...) para mí el recuerdo no es una cosa estática, no es un sustantivo, sino que es un verbo, es el acto de recordar. Con el acto de recordar lo que sucede es que según va pasando el tiempo, recordamos las cosas de una manera diferente, por lo que no me parece una cosa estática y es normal que ese recuerdo que tenemos dentro, cambie también en relación a nosotros.
Entrevista a Hirokazu Koreeda en CineAsia
Como en el resto de sus películas, que a lo largo de estos años hemos revisado en la tertulia, el director japonés explora la naturaleza humana. Los recuerdos elegidos son significativos porque sirven como autorretratos: al compartir con los personajes esa indagación en lo más íntimo, conocemos sus anhelos y valores. 

—Pero el ser humano no necesita tener recuerdos más allá de cierto nivel, ¿no? Sin duda hay un montón de cosas que nos gustaría olvidar.
S. Kajio y K. Tsuruta, Emanon. Recuerdos
El experimento de llevar a un extremo imposible la capacidad para recordar hace que reconozcamos, como en las obras anteriores, la influencia determinante de la memoria -y, sobre todo, las emociones asociadas- en quienes somos, cómo nos comportamos, las decisiones que tomamos e incluso la forma de percibir la realidad.
Con un ritmo similar al de la novela y la película ya reseñadas, la progresión narrativa de Emanon. Recuerdos se construye al paso de la dinámica natural entre los dos protagonistas, sin necesidad de recurrir a golpes de efecto pero manteniendo el interés gracias a las revelaciones nacidas del diálogo. El dibujo refuerza ese aire íntimo y cotidiano, basado en la expresividad de los ojos, rostros y cuerpos. Quizá, como único reproche, se puede señalar que el tono general se rompe cuando aparecen los intentos de explicar en detalle las causas y consecuencias del don que afecta a la joven sin nombre. Resulta más efectivo dejar espacio a que cada lector complete por sí mismo la historia.

domingo, 1 de febrero de 2026

Animales que nos acompañan

Makoto Shinkai, Ella y su gato (Kanojo no kanojo no neko: Their Standing Points, 1999) OVA
Makoto Shinkai y Naruki Nagakawa, Ella y su gato (Kanojo no kanojo no neko, 2013) Novela
Makoto Shinkai y Yamaguchi Tsubasa, Ella y su gato (Kanojo no kanojo no neko, 2016) Manga
Kazuya Sakamoto y Naruki Nagakawa, Ella y su gato (Kanojo no kanojo no neko: Everything flows, 2016) Anime

Seishu Hase, El chico y el perro (Shonen to inu, 2020)


En ocasiones, las obras seleccionadas para una sesión dialogan con las elegidas en otras. A veces, el tema explícito viene unido a otro que, pese a no ser citado en el título, nos interesa abordar durante la tertulia. Por ejemplo, las dos obras propuestas, pese a su clara intención de generar determinadas emociones en el lector, consiguen eludir la categoría de relatos sanadores que analizamos hace poco... aunque compartan estructura: historias independientes que se vinculan a través de un personaje común; cierre circular, vinculando el inicio con el final. Y la primera de ellas es el ejemplo más claro de cómo una misma idea puede transformarse y crecer cuando pasa de un formato a otro.

Desde que era un niño, siempre he tenido gatos conmigo. Soy de la prefectura de Nagano, y mientras vivía allí tenía gatos, y al venir a Tokio comencé a recoger y criar algunos gatos callejeros.
Entrevista a Makoto Shinkai en Anime News Network 
Siento que repito el tema de Ella y su gato una y otra vez, en especial en El jardín de las palabras.
Declaraciones de Makoto Shinkai recogidas en Febri
Ella y su gato, la primera obra de Makoto Shinkai (5 centímetros por segundo, El jardín de las palabras, Your name) fuera de la industria de los videojuegos, es un corto realizado en solitario con medios digitales -el dibujo de los personajes se combina con técnicas 3D en las imágenes de fondo, que son fotografías editadas-. Aunque sus películas son en color y aquí -por limitaciones de presupuesto- utiliza blanco y negro, ya encontramos la estética, planos, clima generado a partir de elementos urbanos y sensibilidad que caracterizan al director japonés. La novela replica buena parte de los textos de esta OVA, que en menos de cinco minutos recorre un año en la vida de Chobi, Miyu y Mimi. Inicialmente distribuida por el propia autor en formato CD (¡eran otros tiempos!) le permitió ganar el 12º CG Animation Contest para jóvenes creadores.
La serie de animación, también muy breve, sirve como precuela de la anterior. Las sombras son sustituidas por colores más amables y relajados, acordes con el tono de la historia. Por su parte, el manga parece querer acercarse mucho más a la estética del corto.
Aunque cada una de las obras explora elementos diferentes de un pequeño universo, coinciden en su tono melancólico, destacan la vulnerabilidad de los personajes y abordan los mismos temas, aunque con distinta intensidad: la soledad, la precariedad que conlleva independizarse e incorporarse al mercado de trabajo, el deseo de encontrar un lugar y sentirse parte de la sociedad, las expectativas sobre los afectos... Me interesa, sobre todo, cómo reflexiona acerca de la naturaleza de la comunicación: qué contamos u ocultamos, las dificultades para expresarse, cómo esas decisiones y limitaciones afectan a las relaciones. Aquí saca partido a los gatos narradores, que contrastan con las voces humanas y, pese a no ser capaces de comprender del todo las reacciones de sus dueñas, sí identifican, desde una mirada inocente, sus estados emocionales.
Aunque el final de la novela plantea un cierre satisfactorio para las historias, no cae en finales perfectas gracias a que solo muestra un momento de la vida de las protagonistas, sin destinos cerrados.
Si tenéis o habéis convivido con gatos, ¿aparece bien reflejada su conducta?

—Vuestra magia no consiste solo en hacernos sonreír. Es el valor y el cariño que nos transmitís únicamente con estar a nuestro lado.
El chico y el perro
John, el perro cuasi divino, sabio y compasivo que aparece en Ella y su gato, tiene continuidad en Tamon. De nuevo, lo que podría haberse deslizado hacia el terreno fácil de la «novela para sentirse bien» es, en realidad, una exploración sin demasiadas concesiones de la fragilidad humana. No solo por presentar de manera recurrente las consecuencias del gran terremoto de 2011 (también reflejadas en Recuerdos desde Fukushima) y del de Kumamoto en 2016. Sino, en especial, porque las seis historias entrelazadas nos ponen delante el hecho de que no podemos escapar de los condicionantes sociales y de circunstancias que no controlamos, y que desear no es sinónimo de conseguir -la pronoia es una creencia irracional demasiado extendida-.
Además, El chico y su perro vuelve a hablar de soledad, compañía y cuidado (hay varias referencias a la importancia de la manada), el significado del contacto físico y la necesidad de valorar los pequeños momentos de felicidad.
La novela original también ha sido adaptada al manga y, recientemente, en una película.
¿Creéis que el relato describe con precisión cómo nos comportamos con los perros?

martes, 23 de septiembre de 2025

Investigaciones

Hideo Yokoyama, Seis Cuatro (64 Rokuyon, 2013)
Akira Kurosawa, Los canallas duermen en paz (Warui Yatsu hodo yoku nemuru, 1960)

En otras ocasiones hemos leído obras que nos acercaban a las prácticas, relaciones y conflictos del entorno laboral japonés en distintos sectores (una oficina: Estupor y temblores, la limpieza de un hotel: La mujer de la falda violeta, un instituto: Botchan...). Seis Cuatro explora en profundidad las dinámicas de una gran estructura de la administración pública, la policía.
Hideo Yokoyama, como el norteamericano David Simon (The Wire), ha volcado su experiencia de reportero para un periódico local en obras de ficción criminal que funcionan como reflejo de las instituciones y los medios de comunicación. De hecho, Seis Cuatro es parte de una serie ambientada en el misma región imaginaria y con personajes recurrentes; fuera de Japón se han publicado dos recopilaciones de relatos (Prefectura D y 2) en las que, por ejemplo, aparecen Futawatari, Osakabe y Nanao.
Yokohama aprovecha elementos y recursos propios de la novela policiaca -el inspector con problemas familiares, la reactivación de un viejo caso, las pistas repartidas a lo largo del texto, la invitación implícita a que los lectores encajemos las piezas del misterio antes del giro final-, pero al mismo tiempo subvierte buena parte de los mecanismos de los procedimentales clásicos para tejer una novela coral en la que lo más importante no es tanto el crimen como su contexto.
[Me preocupa] El conflicto entre la organización y el individuo.
Reflexiono mucho sobre la maldad subordinada en una gran organización. Existe un sistema de poder anquilosado que multiplica los miedos y el deseo de quedar bien hasta el punto de llegar a generar maldad donde nunca hubiera existido.
Los japoneses valoran la colaboración. En Occidente está más desarrollado el individualismo, y quizá les resulte extraño un personaje como Mikami, que sufre dentro de una organización. Pero creo que nadie en el mundo puede vivir al margen de las costumbres y quisiera poder preguntar a mis lectores del extranjero si realmente ese aspecto de mis novelas es universal.
Entrevista en El Mundo, 9 de enero de 2021
Jugando con desapariciones y secuestros que parecen reflejarse entre sí, Seis Cuatro muestra, desde un punto de vista interna, la realidad de una burocracia compleja: rivalidades entre niveles de la administración por el control en la toma de decisiones, influencias políticas, la información reservada como arma, enfrentamientos por el poder y los ascensos, el reducido papel de las mujeres, etc. Situaciones que podemos vivir en nuestros contextos más cercanos, pero con matices que parecen propios de la cultura empresarial japonesa, en especial en cómo se manifiesta el respeto a los superiores:
Mikami no había entrado en el despacho del director desde la primavera (...) Se inclinó por la cintura deteniéndose a pocos centímetros de la moqueta.
Además de la voluntad de retratar una forma de funcionamiento, el autor parece proponer una reforma que apueste por dar protagonismo al individuo frente a la rigidez y despersonalización de las estructuras:
-Las organizaciones se componen de personas. A mí no me parece ningún problema que una organización refleje la voluntad de los individuos que la forman.
Repite el mismo enfoque cuando se posiciona en el conflicto entre privacidad y transparencia, otro de los ejes del relato. Para evitar el secretismo, favorecer la rendición de cuentas efectiva y proteger al mismo tiempo a las víctimas, las reinvidica como verdaderas protagonistas de las noticias. En un momento de la novela, Mikami, que cumple más el papel de faro ético que de investigador, recuerda a los periodistas el sufrimiento de estas y apela a su compromiso moral con la profesión, olvidado mientras se pelean por una exclusiva.
Frente a las críticas sobre la posible lentitud en el avance de la trama, se puede señalar que la novela, para ser disfrutada, necesita ser leída casi como un ensayo detallado sobre la sociología de las organizaciones. Y debemos reconocer que Yokohama demuestra su talento y originalidad cuando convierte el motor de cualquier novela policiaca -acceder a nueva información que, procesada por la capacidad de razonamiento del detective, desvele el misterio- en uno de los protagonistas clave del discurso: el silencio, las frases pensadas pero no dichas, la gestión de la incertidumbre y los datos reservados son los hilos que tejen la trama y generan los conflictos principales.

* * *

Había mucha corrupción [a nivel ejecutivo en la industria japonesa] por entonces (...) Las investigaciones siempre se abandonaban cuando un ayudante de director se suicidaba. Eso no tenía sentido. ¿Qué ocurriría si alguien investigaba la corrupción hasta el final?  «¡Hagamos una historia sobre eso!», pensé. Así fue como empezamos. Fue difícil escribir el guión... Habría sido más fácil si hubiéramos tenido un modelo para nuestra historia. Pero si nos hubiéramos basado en una historia verdadera, el estudio no nos habría permitido hacerla.
Entrevista a Akira Kurosawa recogida en Akira Kurosawa: El Emperador y el Lobo (Stuart Galbraith IV, 2021)
Entre las setenta y cinco películas dirigidas por Akira Kurosawa, cuatro se pueden adscribir al género negro: El ángel ebrio (1948), El perro rabioso (1949), El infierno del odio (1963) y la que hemos elegido en esta ocasión. Como otras doce (de las que hemos visto Rashomon y La puerta del infierno), todas ellas están protagonizadas por Toshiro Mifune; para la cineasta francesa Claire Denis, responsable de un remake de la película nipona, «Mifune en la serie negra de películas de Kurosawa es héroe y víctima al mismo tiempo.».
Además, dentro de la filmografía del director japonés, si Ran se inspira en el drama shakesperiano El rey Lear y Trono de sangre en Macbeth, en Los canallas duermen en paz late la influencia de Hamlet: la venganza de Nishi por la muerte del padre (con los dilemas éticos que le genera) recuerda a la del príncipe de Dinamarca; su relación con Yoshiko la de aquel con Ofelia; el corrupto Iwabuchi puede ser un Claudio moderno; Tatsuo tiene puntos en común con Laertes; Itakura ocupa el papel de Horacio; hay conversaciones espiadas, conspiraciones, traiciones palaciegas / empresariales e incluso «fantasmas» (Wada y el viejo Hamlet), etc. Incluso parece que Kurosawa enfatiza tanto los elementos de tragedia clásica -incluyendo monólogos que sustituyen lo que sucede fuera de las escenas- como los recursos del cine negro. 
No es un hombre. Es un directivo.
Al igual que en Seis Cuatro, Los canallas duermen en paz se acerca al entramado empresarial japonés, muestra el papel de la prensa y las posibles disfunciones de la administración pública. También resulta interesante la pérdida de identidad de los personajes que intentan ejecutar la venganza: Itakura, Nishi y Wada.
Todo se nos presenta con el habitual cuidado de Kurosawa en lo formal; en esta ocasión, destaca el uso expresivo de la profundidad de campo, la insistencia en mostrarnos dos situaciones en el mismo plano y el significado de las simetrías y las composiciones geométricas de algunas escenas.

viernes, 20 de junio de 2025

Programación 2025-2026

Iniciamos esta tertulia sobre cultura japonesa en marzo de 2010. Con quince años ya cumplidos, incluimos en esta edición novelas de éxito en el mercado nipón e internacional publicadas después de esa fecha (Seis Cuatro, La biblioteca de los nuevos comienzos, La policía de la memoria...).
Las acompañan mangas y animes también recientes, además de obras clave de tres directores muy conocidos en el club: Akira Kurosawa, Hirokazu Koreeda y Makoto Shinkai.
Os invitamos a esta exploración sobre la memoria y cómo gestionar la relación con el pasado (en octubre y abril), en compañía de libros y mascotas (diciembre y febrero). Para cerrar el curso, en junio compartiremos impresiones sobre las novedades más destacadas procedentes de Japón.
 
20 de octubre de 2025: Investigaciones
Hideo Yokoyama, Seis Cuatro
Akira Kurosawa, Los canallas duermen en paz
15 de diciembre: Libros, librerías y bibliotecas
Michiko Aoyama, La biblioteca de los nuevos comienzos
Wim Wenders, Perfect Days
Shinsuke Yoshitake, La curiosa librería 
Miya Kazuki, El ratón de biblioteca I
 
 
9 de febrero de 2026: Animales que acompañan
Seishu Hase, El chico y el perro
Naruki Nagakawa, Ella y su gato 
Makoto Shinkai, Ella y su gato
Kazuya Sakamoto, Ella y su gato: Everything flows
 

 
13 de abril: Memoria
Yoko Ogawa, La policía de la memoria 
Hirokazu Koreeda, After life
Shinji Kajio y Kenji Tsuruta, Emanon. Recuerdos 
 
8 de junio: Novedades
Chiyo Uno, Historia de una mujer soltera.
Ryûsuke Hamaguchi, Drive my Car
Mamoru Hosoda, Belle

sábado, 8 de febrero de 2025

Vidas

Hiromi Kawakami, De pronto oigo la voz del agua (Suisei, 2014)
Shohei Imamura, Agua tibia bajo un puente rojo (Akai hashi no shita no nurui mizu, 2001)
Kenji Kamiyama, Ancien y el mundo mágico (Hirune Hime: Shiranai Watashi no Monogatari, 2017)
 
Las tres obras que hemos agrupado para esta sesión comparten el mismo riesgo a la hora de ser interpretadas: que un elemento narrativo -el parentesco entre los protagonistas, una peculiaridad fisiológica, el tono cómico, fantástico o juvenil- escondan la profundidad de los temas abordados. Y es que sus autores exploran, entre otros, la complejidad de las relaciones humanas, describiendo también el contexto sociohistórico de Japón.
Saberlo todo de alguien. ¡Qué cosa más terrible! Mamá habría dicho algo así, supongo. De hecho, recuerdo que una vez murmuró: «No me gustaría saberlo todo de alguien, me daría miedo. Ni siquiera quiero saberlo todo de mí.»
Kawakami (El cielo es azul, la tierra es blanca, Algo que brilla como el mar) emplea en la historia de Miyaki y Ryo los mismos recursos que en otras de sus exitosas novelas: el potencial evocador y simbólico de los sentidos, un tono a veces lírico, la presencia constante del deseo y del afrontamiento de la soledad como fuentes de conflicto interno, la búsqueda de la identidad en las mujeres, una mirada que se centra más en las percepciones que en la acción, la importancia del espacio físico para marcar el tono emocional del relato...
(¿Dolor, placer?)
(Es lo mismo.)
(No hace falta preguntarse por el significado.)
(Porque siempre se escapará algo, o, por el contrario, algo se insinuará.)
En De pronto oigo la voz del agua esos elementos nos llevan a sus temas centrales: la relación problemática con la memoria y la nostalgia, cómo lo no dicho determina las relaciones familiares, el peso de la familia de origen. La turbulencia interna de los protagonistas, su incertidumbre y fragilidad, se reflejan en los hitos históricos que son citados en la novela. Contrastan, sin embargo, con la aceptación que muestran los personajes secundarios respecto a la conducta de los protagonistas.

Agua tibia bajo un puente rojo
tiene algo del retrato sociológico y la mirada costumbrista, teñida de empatía con los personajes menos afortunados de la sociedad, de Jacques Tati o Aki Kaurismaki. Aunque Shohei Imamura -director de Lluvia negra, La balada de Narayama o La anguila, que comparte reparto protagonista y complementa la película que hemos seleccionado- añade aquí elementos oníricos y fantásticos, además de un humor gamberro en la representación del sexo. 
Lo que se nos cuenta va más allá de la comedia romántica. Describe la situación de la sociedad japonesa en los años noventa, marcada por la crisis de crecimiento económico tras el estallido de la burbuja inmobiliaria. El periplo de Yosuke, víctima de un mercado de trabajo capitalista que excluye sin contemplaciones a quienes le han servido durante años, parece personificar el lento proceso de recuperación del país. Nos muestra a quienes lo han perdido todo -incluso el hogar-, sus estrategias de supervivencia y cómo intentan mantener la dignidad. Además, el guion plantea, por boca de sus personajes, dos cuestiones clave: la naturaleza del mundo -que se explora en el Super-Kamiokande- y qué actitud elegir ante una vida finita y frágil. Imamura opta claramente por la búsqueda del placer compartido -Saeko convierte su «enfermedad» en un elemento de conexión positiva-, la sinceridad y la confianza como pilares de cualquier relación y, por supuesto, la alegría.
Ancien y el mundo mágico es, en el fondo, un relato clásico de iniciación, en el que Kokone configura su identidad y genera una nueva relación con su padre y abuelo cuando descubre el pasado familiar (una anagnórisis que lo enlaza con la novela de Kawakami).
Kenji Kamiyama recuerda a animes ya vistos en la tertulia (El niño y la bestia, Perfect Blue) cuando entrecruza mundo ficticio y realidad, difuminando los límites entre ambos planos al permitir que se influyan mutuamente. También conecta con los muy habituales mecha de la animación japonesa, como Mazinger Z.
Al igual que en las obras anteriores, en ese marco se abordan cuestiones de interés: las relaciones entre tradición y modernidad -¿huye el relato del optimismo tecnológico sin matices?-, las diferencias de clase en una sociedad que obliga al consumo permanente -el mundo distópico del inicio no se aleja tanto del nuestro-, o la importancia de las ficciones para reflejar vivencias, deseos y conflictos -como hacen la protagonista y su padre-.

martes, 10 de diciembre de 2024

Kisetsu

Inaba Mayumi, La península de las veinticuatro estaciones (Hantô e, 2011)
Hirokazu Kore-eda, Nuestra hermana pequeña (Unimachi Diary, 2015)
Isao Takahata, El cuento de la princesa Kaguya (Kaguya-hime no Monogatari, 2013)

¿Qué significa la palabra japonesa kisetsu? Refleja la tradicional atención prestada por la cultura japonesa al ciclo continuo de las estaciones y a los cambios que genera en el entorno. Una hipótesis para explicar este interés recurre al cultivo tradicional del arroz -siembra en primavera, trasplante a zona húmeda y crecimiento en verano, recolección en otoño-, que convirtió hace tres milenios a su población en observadora continua del clima.
Nada que no se haya repetido en muchas otras civilizaciones. Sin embargo, esa relación especial parece querer mantenerse siglos después en una cultura casi por completo urbana a través de varios festivos oficiales (Día del equinoccio de primaveraDía de la naturalezaDía del marDía de la montañaDía del equinoccio de otoño). Aunque en algunos casos se trate de intentos de reemplazar, a partir de la segunda mitad del siglo XX, celebraciones con contenido religioso o político.
Por nuestra parte, intentamos imitar esta mirada hacia el ciclo de las estaciones con tres obras en las que, de manera más o menos explícita, el paisaje cambiante es protagonista y/o escenario.

Las cuatro estaciones marcan el ritmo de nuestra vida cotidiana; más bien, las veinticuatro estaciones. Todo cambia, todo pasa. No es el hombre el que añade o resta, sino la naturaleza. 
¿En qué genero(s) podemos situar La península de las veinticuatro estaciones? ¿Se trata de un ejemplo más de las novelas sobre la naturaleza (nature writing) que han recuperado popularidad en la última década? ¿Un ensayo? ¿O un ejercicio de autoficción?
Solamente el agua que cambia su curso es capaz de sobrevivir, incluso en tierras áridas.
Inaba Mayumi contrapone en sus páginas la ciudad -con estímulos excesivos y permanentes que actúan como refugio ante el anonimato al que aboca a sus habitantes- con el entorno rural. Una observación atenta de los detalles y la toma de conciencia sobre el exterior permiten descubrir a su narradora nuevos aspectos de la existencia, otra interpretación de la realidad y formas de acceder a una vida mejor. Así, la naturaleza actúa como metáfora y vía de descubrimiento, mientras que el texto se convierte en un ejercicio práctico al exigir (o llevarnos a) una lectura reposada.
Los días en la península son como márgenes en blanco de mi propia vida. (...) Solo aspiro a conseguir el máximo margen para vivir sin complicaciones, un espacio en blanco.

Recuerdo mis primeros tiempos en la península: siempre fuera, ocupada y obstinada en desbrozar y arrancar los tallos hikobae que crecían alrededor de los troncos.

Puede que llegue una mañana en que, como el señor Okamura, también yo comience a caminar tambaleándome. Es posible incluso que pierda fluidez en el habla. La vida humana es una estrella fugaz.
El libro aborda temas centrales de nuestro presente, como el sentido de mantener a cualquier precio un ritmo de vida acelerado, la aceptación del envejecimiento y la necesaria conciencia sobre la mortalidad. Pero quizá se pueda echar en falta una reflexión sobre las dificultades para establecer límites entre la naturaleza y su modificación al gusto de las personas que habitan ese entorno -algo que sí vimos en El hombre que salvó los cerezos, ensayo histórico de Naoko Abe-. También parecería necesario hacer explícito que la forma de vida que propone es solo posible para unos pocos (no, por ejemplo, para las obreros que construyen las nuevas viviendas en el bosque).

En Nuestra hermana pequeña la cámara destaca la belleza de hitos que marcan el paso de las estaciones: el calor del verano del primer encuentro con Suzu, las lluvias que anuncian el final de esa estación, las hojas caídas en el otoño, el inicio de curso y los cerezos en flor de principios de abril, la recolección de las ciruelas y los fuegos artificiales de Kamakura en julio.
Basada en el inicio del manga Unimachi Diary (publicado recientemente en España como Nuestra hermana pequeña: Diario de una ciudad costera) y contagiándose quizá de esa estructura episódica, Kore-eda vuelve a algunos de sus temas favoritos: los lazos que acercan a personas más allá de los posibles vínculos biológicos directos, hasta que llegan a constituir una familia; el proceso de maduración personal y la sabiduría, apoyada en la inocencia, que albergan sus protagonistas más jóvenes. Las conversaciones diarias, las diferentes dinámicas de relación entre los personajes y el papel fundamental de la comida -símbolo del cuidado y de los espacios de disfrute compartidos- son los elementos con los que crea un nuevo retrato de lo cotidiano.

El cuento de la princesa Kaguya
adapta una leyenda tradicional clave en la literatura japonesa, El cuento del cortador de bambú. Perfeccionando la técnica que conocimos en Mis vecinos los Yamada, los dibujos parecen láminas o lienzos pintados con acuarela, tinta negra y carboncillo, con una gama de colores que pasa de los tonos pastel a los más oscuros según las emociones de su protagonista.
Este anime conecta con elementos de la novela que hemos leído, más allá de las referencias al crecimiento del bambú. Vuelve a presentar lo rural y lo urbano como formas de vida contrapuestas (autenticidad y sencillez frente a artificiosidad y dependencia de los bienes materiales), además de retratar con detalle el ciclo de cambio constante -vida, muerte, vida- de las estaciones y los descubrimientos -quizá pequeños en tamaño, pero grandes en simbolismo- que podemos hacer si trasladamos el ritmo lento de la película y su voluntad de observación a nuestra práctica cotidiana.

miércoles, 11 de septiembre de 2024

Fantástico y cotidiano

Hiroko Oyamada, Agujero (Ana, 2014)
Yukiko Motoya, Selección automática (Anata ni ososume no, 2021)
Hiromasa Yonebayashi, Arriety y el mundo de los diminutos (Karigurashi no Arrieti, 2010)

La introducción de elementos extraños o fantásticos dentro de la vida cotidiana es un recurso narrativo familiar para el club de lectura. Por ejemplo, nos hemos encontrado con él en algunos relatos de autoras contemporáneas, animes (Your name, Wolf children) o películas como Nagasaki. Recuerdos de mi hijo. Incluso le dedicamos al género una sesión específica, en la que ya leímos relatos de Yukiko Motoya; esta vez, os proponemos obras que hablan, entre otras cosas, sobre comunicación e incomunicación.

Hace pocos meses, al comentar novelas que reflejaban la experiencia de la soledad, recordamos cómo Julio Cortázar defendía la eliminación de las fronteras entre lo que consideramos real y lo mágico, para permitir que lo segundo influyera en nuestras vidas. Aunque no lleguemos tan lejos, podemos comprobar en las historias de Hiroko Oyamada que añadir elementos fuera de lo común nos permite ver con más claridad lo que, por habitual, hemos dejado de percibir.
La escritora japonesa ha planteado la misma idea en varias entrevistas: «Lo real y lo fantástico, lo ordinario y lo extraordinario son indisociables. Aquello que hemos creído siempre ordinario y real también puede contener algo extraño y casi delirante» (eldiario.es); «En nuestras vidas cotidianas ordinarias hay un elemento de lo extraño, de lo inusual, tal vez de locura. Todas estas cosas forman parte de nuestra vida, pero creo que lo que sucede es que muchas veces nos acostumbramos a ello en el transcurso de nuestras vidas y no las vemos o no nos percatamos de ellas» (JFNY Literary Series).
«(...) Yo creo que no tienen interés. O puede que no lo vean, simplemente (...) No son el tipo de persona que se va  fijando en un animal que camina por ahí, en la cigarra que vuela por allá, en el trozo de helado caído en el suelo, en el hikikomori. No se fijan. Son personas que no miran, vaya. Los que no quieren ver no ven. También hay muchas cosas que tú no estás viendo.»

«(...) me parece enfermizo, pero será que los humanos somos así, siempre hay alguien que tiene que sufrir. Solo espero que no te toque a ti. Pero tú elegiste esto por voluntad propia...» «¿Qué quieres decir con "esto"?» «Me refiero a aceptar esta especie de corriente que te arrastra. "Eso" de lo que hui yo.»
Entre el calor sofocante del verano y una nevada imprevista en invierno, la autora nos sitúa en entornos rurales y comunidades cerradas, donde se ven obligados a permanecer habitantes de la ciudad, narradores en primera persona de su propia desorientación. Su capacidad de generar ambientes a partir de la atención a los detalles y a las sensaciones físicas subraya con eficacia reflexiones sobre temas recurrentes:
  • Una visión crítica de los efectos del capitalismo, concretados en cómo la inestabilidad laboral y la desigualdad de ingresos determinan las relaciones sociales y las expectativas de pareja.
  • La maternidad y la crianza como vías alternativas al trabajo para cumplir con la exigencia social de ocupar un rol productivo... y evitar el cuestionamiento o la invisibilización.
  • Todo lo que desconocemos y nos separa de los otros -los silencios y el tiempo que no compartimos-.
  • La presencia constante de lo violento y la muerte en la naturaleza y en nuestras vidas.
El Agujero físico funciona como una imagen clara del pozo en el que se encuentra su protagonista, así como de la importancia de mirar el mundo desde otra perspectiva. Sin comadrejas es un ejemplo perfecto de la tesis de Ricardo Piglia acerca de cómo un cuento siempre cuenta dos historias, que en la tradición del relato contemporáneo conviven permanentemente. Y Una noche en la nieve muestra cómo el narrador se encuentra cada vez más distanciado de los demás: comienza por no compartir la bebida y la comida; continúa mostrándose incapaz de relacionarse con el bebé con el mismo afecto que el resto de personajes; finaliza alejado de las emociones más profundas de su esposa, sin formar parte de eventos vitales.

En Selección automática, que reúne dos novelas cortas, Yukiko Motoya continúa con la representación crítica de la sociedad actual y de las relaciones interpersonales que aparecía en su anterior recopilación de cuentos, Mi marido es de otra especie. Sin embargo, aquí opta por ser mucho más explícita en comparación con las metáforas que dominaban su anterior obra; crea un drama sin esperanza que deriva hacia la reflexión existencial y una comedia del absurdo que bordea lo trágico.
(...) ¿Te refieres a vivir como ser humano? Lo raro es querer buscar un sentido a lo que nos humaniza.
(...)
-Oshiko, ¿tú no quieres que tus hijas, Hara y Tsumu, vivan como seres humanos de verdad?
-¿Como seres humanos? Eso es imposible -repuso ella sin poder aguantarse la risa.
La primera historia genera un intenso desasosiego. Es una distopía muy factible al describir una forma de vida ahora considerada deseable por muchas personas, mientras olvidan (u obvian intencionadamente) cómo las elecciones tecnológicas impulsadas por el mercado y la política tienen consecuencias personales y sociales. Nos plantea preguntas sobre nuestra identidad y la posibilidad de encontrar formas de resistencia eficaces. Específicamente, recuerda la importancia de desarrollar una inteligencia artificial dirigida a mejorar a los humanos -usándola para ayudarnos a desarrollar nuevas competencias- y no a aumentarlos -con máquinas realizando tareas de manera más productiva- (una distinción propuesta hace varias décadas por Warren Brody y recuperada por Evgeny Morozov).
Es inaudito que diga que en una situación excepcional como esta no está bien que, sin pensar en los demás, hagamos acopio excesivo de agua; es irresponsable hablar así cuando nuestro deber es garantizar nuestra libertad y nuestro derecho de acción. La gente que habla sin tener en cuenta este aspecto y alude al vínculo entre las personas o al comportamiento ético de los japoneses resulta un incordio, una molestia para los demás.

-Lo más natural es tirar la basura en los jardines de gentuza como esa. Hay que hacerlo así. Y, si les disgusta, que se apañen y se apliquen a limpiar más a menudo.
Mis eventos (la propia autora ha realizado su adaptación teatral) nos enseña que la sátira es una vía perfecta para denunciar la irracionalidad e inhumanidad de muchas corrientes de pensamiento en alza: preparacionistas, libertarios, fieles de la religión meritocrática, anarcocapitalistas, ultraliberales... Todos comparten algunas creencias: tener más dinero legitima acceder a más derechos, quienes sufren lo merecen por no haberse esforzado lo suficiente, es lícito externalizar a los más débiles los efectos negativos de mi conducta. Pero olvidan que, en algún momento, beneficiarse de la desigualdad genera consecuencias. Este cuento es una buena oportunidad para cuestionarnos cuánto espacio y atención públicos prestamos a personas con un discurso tan burdo como el de Katsuyuki.

Como contrapunto a dos obras centradas en la separación entre las personas, Arriety y el mundo de los diminutos aboga por la unión entre diferentes que reconocen su fragilidad e interdependencia. Como en otras películas de Miyazaki -aquí coguioniza la adaptación de la novela Los incursores-, hay un alegato ecologista y una advertencia sobre el papel destructor de los humanos. La protagonista vuelve a ser una valiente niña-adolescente en su paso a otra etapa vital, simbolizada en el descubrimiento de un nuevo mundo exterior.
Pese a las diferencias de tono con los cuentos que incluimos en esta sesión, el anime tiene también puntos de coincidencia: como Agujero, nos invita a descubrir la realidad desde nuevas perspectivas y, al igual que Mis eventos, propone una fábula social.

lunes, 29 de julio de 2024

Programación 2024-2025

La tertulia de cultura japonesa propone este año mirar la realidad desde puntos de vista múltiples: la disolución de la frontera entre lo extraordinario-fantástico y lo habitual, el paso de las estaciones que permite tomar conciencia de los ciclos vitales, un regreso al pasado como oportunidad para abordar el futuro de otra manera...
Además, nos volvemos a acercar a obras que reflejan la experiencia de una persona extranjera en Japón y comentaremos creaciones que han dialogado con otros formatos.
Hemos dado protagonismo al anime y combinamos creadores ya conocidos (Yukiko Motoya, Hirozaku Kore-eda, Isao Takahata, Hiromi Kawakami, Doris Dörrie, Mamoru Hosoda) con autoras inéditas en el club. ¡Esperamos que disfrutéis!

7 de octubre de 2024: Fantástico y cotidiano
Hiroko Oyamada, Agujero
Yukiko Motoya, Selección automática
Hiromasa Yonebayashi, Arriety y el mundo de los diminutos

16 de diciembre: Kisetsu
Inaba Mayumi, La península de las veinticuatro estaciones
Hirokazu Kore-eda, Nuestra hermana pequeña
Isao Takahata, El cuento de la princesa Kaguya




17 de febrero de 2025: Vidas
Hiromi Kawakami, De pronto oigo la voz del agua
Shohei Imamura, Agua tibia bajo un puente rojo
Kenji Kamiyama, Ancien y el mundo mágico
7 de abril: Descubrir Japón
Anna Cima, Me despertaré en Shibuya
Doris Dörrie, Cerezos en flor
Catherine Meurisse, La joven y el mar

2 de junio: Palabras e imágenes
Genzaburo Yoshino, ¿Cómo vives?
Martin Scorsese, Silencio
Mamoru Hosoda, Mirai, mi hermana pequeña

viernes, 7 de junio de 2024

Tokio

Yu Miri, Tokio, estación de Ueno (JR Ueno Eki Kōen Guchi, 2014)
Katsuhiro Otomo, Akira (1998)
Sofia Coppola, Lost in translation (2003)
Óscar al mejor guion original.

De nuevo dedicamos una tertulia a Tokio, la segunda ciudad más poblada del mundo y capital de Japón. La vez anterior nos centramos en su gastronomía y formas de ocio, mientras que las obras de las que hablaremos ahora nos permiten abordar otras dimensiones de lo urbano:
  • Cómo los espacios construyen y, al mismo tiempo, reflejan las condiciones de vida de sus habitantes.
  • Los mecanismos de exclusión residencial. Los efectos perversos de una planificación que no tiene en cuenta a las personas y persigue exclusivamente un crecimiento ecónomico acelerado, sin tener en cuenta sus consecuencias negativas.
  • La diferente mirada y experiencia que tiene cada persona acerca del mismo entorno.
* * *
Lost In Translation se inspira en el tiempo que pasé en Japón con veintitantos años. […] Estar en hoteles, donde te encuentras constantemente con las mismas personas. Se genera una especie de camaradería, aunque no las conozcas o incluso no hables con ellas. Y, siendo extranjeros en Japón, las cosas se distorsionan, se exageran. Estás despierta por el jet-lag, contemplando tu vida en medio de la noche.

Quería incluir en una película algunas de mis impresiones durante el tiempo que pasé allí: regresar a casa sola por la noche con las luces de neón, o escuchando música. El primer personaje en el que pensé fue en el interpretado por Bill Murray. Lo construí en parte tomando como base recuerdos personales: la primera vez que llegué a Japón, mi estancia en el hotel Park Hyatt, que es un lugar de tranquilidad en medio de esta ciudad tan caótica.
Las mirada de Coppola y de su director de fotografía intentan transmitir cómo pueden evolucionar las sensaciones que genera el contacto con una cultura donde se manejan códigos de conducta y lenguaje diferentes; en este caso, además, llena de contrastes entre bullicio y calma, claridad y sombras, soledad y encuentro.
Lo logran gracias al rodaje en 35 mm. en lugar de en digital, la intensidad fría de los colores -azules, grises, negros-, el poco uso de la iluminación artificial -inexistente en las escenas nocturnas, que se apoyan solo en los neones y los reflejos-, la escasa planificación previa de la mayor parte de las escenas -adquieren una naturaleza documental cuando incluyen a población autóctona-, la combinación de cámara en mano y planos fijos según quién aparezca en la escena.
Asistimos a cómo un no-lugar se va transformando, a través del contacto cotidiano, en un espacio real. La mirada de los protagonistas se modifica -ambos, en momentos diferentes, miran la ciudad a través de una ventanilla, pero percibimos que su estado anímico es también distinto-. Y, al mismo tiempo, los espacios reflejan las emociones de Bob y Charlotte, que en varias ocasiones, como en el ejemplo anterior, se muestran en paralelo.
Algunos lugares visitados: Cruce de ShibuyaNew York Bar (Park Hyatt Tokyo). KabukichoGolden Gai. Templo Jougan-ji. Locales de ocio (restaurante Shabu ZenKaraokeKan).

* * *
Katsuhiro Otomo, creador de Akira, se trasladó en su juventud desde la prefectura de Miyagi (en el noreste de Japón) a Tokio para comenzar su carrera como dibujante de manga. Vivirá en un barrio de las afueras, lejos de la riqueza que muestra Lost in translation y habitado por las personas que llenan las páginas de Tokio, estación de Ueno: inmigrantes, desempleadas y trabajadoras con bajos ingresos, víctimas de la exclusión social.
Más allá de los avatares que sufrió la producción del anime, las diferencias con la versión en papel de la historia y la posible confusión que genera un primer visionado, nos quedamos con su reflexión acerca de los posibles efectos de la planificación urbanística, que sacrifica a algunos habitantes y genera impotencia y violencia. Neo-Tokio nace como una utopía postapocalíptica, pero acaba siendo una distopía, una isla de edificios inmensos, donde las calles son territorio exclusivo de los vehículos a motor y las azoteas los únicos espacios para las personas.
Quizá el principal valor de esta obra de fantasía sea cómo aparecen reflejados problemas actuales: contaminación, desencanto juvenil ante la falta de expectativas y de apoyo, degradación de algunas zonas en contraste con la riqueza de otras, manifestaciones violentas de descontento utilizadas por quienes quieren ejercer un poder totalitario (en ese sentido, es fácil identificar a Tetsuo con algunos movimientos políticos en ascenso).


* *  *
Coppola y Otomo miran la gran urbe con asombro o espíritu crítico, pero ambos desde fuera (ella, una extranjera tan fascinada como desorientada; él, un inmigrante nacional que especula sobre un posible futuro con raíces en el presente).
Yu Miri escribe Tokio, estación de Ueno en una posición más cercana al segundo: la de quien ha sufrido el rechazo por su origen (ya analizamos la situación de los zainichi en Go) y quizá por ello muestra sensibilidad hacia los que nos gustaría convertir en invisibles, porque encarnan la imperfección de nuestro sistema, que permite sumar vulnerabilidades -falta de vivienda y trabajo, soledad, discriminación activa, experiencia constante de pérdida, desesperanza, cansancio-. Se trata de una realidad a la que ya nos acercamos en Tokyo Godfathers y que forma parte de la trama de La devoción del sospechoso X
¿La lectura nos ha permitido cuestionar nuestra responsabilidad social y evaluar la empatía que mostramos hacia las personas en dificultad? ¿Es la peculiar voz narrativa de Kazu un recurso útil para reforzar la crítica social de la novela? ¿Sirve para ello también el contraste entre su capacidad de observar en detalle a las personas en tránsito y prestar atención a sus conversaciones más banales y nuestra actitud hacia personas como él? ¿Qué otras realidades contrapone la autora?

jueves, 4 de abril de 2024

Soledad

Natsuko Imamura, La mujer de la falda violeta (Murasaki no sukato no on'na, 2019)
Premio Akutagawa 2019
Emi Yagi, Diario de un vacío (Kushin techo, 2020)
Premio Osamu Dazai 2020
Mamoru Hosoda, El niño y la bestia (Bakemono no Ko, 2015)
Premio de la Academia Japonesa de Cine a la mejor película de animación 2015
Todo el mundo desaparece enseguida. La mayoría de las veces lo hacen sin tener siquiera la molestia de expresar en voz alta su voluntad de poner fin a la amistad. Es un hecho silencioso. Ni unos ni otros nos damos cuenta de que desaparecemos.
Emi Yagi, Diario de un vacío
En 2021, el gobierno japonés creó, con posterioridad a una iniciativa similar de Reino Unido, el Ministerio de Soledad y Aislamiento, que propone varias actuaciones públicas para facilitar relaciones sociales positivas entre la población. En ese país, el 40 % de las personas encuestadas reconoció sentirse sola.
Aunque se trata de una realidad global; por ejemplo, el ayuntamiento de Barcelona desarrolla desde 2020 una estrategia municipal dirigida a todos los grupos de edad, y la Biblioteca de Pamplona-Yamaguchi es un agente activo del Pacto por las personas mayores del barrio de San Juan, que aborda entre sus objetivos la soledad no deseada.
Es indiscutible que necesitamos contar con relaciones significativas que nos aporten seguridad y validación y nos permitan expresar y recibir afecto, transmitir nuestra identidad o compartir experiencias. Pero muchas personas no ven satisfechas estas necesidades -o incluso sufren un rechazo activo y se sienten desarraigadas- por pertenecer a un colectivo estigmatizado, manifestar conductas que no se amoldan a las aceptadas en el entorno próximo, carecer de redes sociales formales o informales, padecer limitaciones físicas o intelectuales y tener un bajo nivel de habilidades para las relaciones interpersonales.
Las tres obras parten de premisas sorprendentes para, desde lo extraño / irreal / fantástico, retratar con eficacia esta realidad, cotidiana pero muchas veces silenciada.
Imamura y Yagi elaboran relatos en primera persona que juegan con la naturaleza de los personajes. La mujer de la falda violeta (Mayuko Hino) es, sobre todo, el espejo donde puede reflejarse Gondo; en Diario de un vacío, la soledad de Shibata no es mayor que la confesada por Hosono o que la sensación de ausencia intuida en Higashinakano, aunque estos últimos convivan con otras personas.
Ambas narradoras dotan las pequeñas interacciones cotidianas de profundos significados y conceden gran importancia al contexto laboral, donde sus narradoras comparten como característica la invisibilidad: una es limpiadora de hotel y la otra es definida, al menos hasta que cambia su estado, más por las tareas que se le encomiendan que por su nombre. Las dos están condicionadas por la cultura laboral japonesa, los roles de género asignados, las dinámicas grupales de pertenencia, exclusión, aislamiento y culpabilización o los procesos de elaboración de explicaciones socialmente compartidas.
Además, presentan otros elementos que enriquecen sus textos. Por ejemplo, el episodio en que Gondo encuentra sucesivos parecidos entre la mujer a la que observa y famosas o personas con las que mantuvo contacto en el pasado nos muestra de manera indirecta que tiene un carácter obsesivo y que actualmente carece de vínculos. Y el acto creador de Diario de un vacío puede interpretarse como una invitación a reflexionar sobre las formas en que construimos / transformamos la realidad; emparenta, así, con Julio Cortázar, convencido de que lo escrito modificaba la realidad, de que si lo fantástico (los sueños, el desorden, lo extraño) se volvía cotidiano podíamos acceder a una verdad oculta hasta ese momento.

Mamoru Hosoda (La chica que saltaba a través del tiempo, Summer Wars) es una de las principales figuras del anime del siglo XXI. Sus películas se caracterizan por, en un marco de fantasía, unir elementos de la tradición cultural (en este caso, el mundo de los bakemono) con el Japón contemporáneo (Shibuya) -se diferencian por sus texturas y colores- y aportar una mirada reflexiva sobre las relaciones familiares.
Como en las dos novelas, en El niño y la bestia son varios los personajes definidos por la soledad: Kumatetsu, Kyûta y su padre, Ichirôhiko, Kaede. Con un enfoque más positivo, incide en elementos protectores y preventivos frente al aislamiento social: el establecimiento de vínculos paternofiliales basados en el amor, la importancia de las pautas de comunicación entre padres e hijos, la toma de conciencia sobre las diferencias -que siempre son construcciones culturales- o la adolescencia como etapa en la que se busca una nueva identidad -puede ser mirando hacia el pasado o hacia el futuro-. Nos recuerda, además, que la luz solo llega a través del encuentro sincero entre personas y que todos somos, al mismo tiempo, maestros y aprendices de otros.